Ceremonias

palimpsesto

Una noche, una de esas tantas medio borracha, me dio por escribir un poema en una pared del zulo en el que vivo. El poema no es mío. El zulo tampoco pero desde que conseguí que esa pared me hablara, me fue menos ajeno. De eso hace más de un año. O no sé. En realidad no importa.

Pero hoy me desperté sabiendo que tenía que pintar esa pared de blanco. Lija en mano fui raspando del último al primer verso. Me detuve un rato sobre yacer, me apliqué con saña. Cuando estuvo todo lo suficientemente borroso, quité el polvo y dejé que las palabras fueran desapareciendo bajo la pintura blanca. Tuve que dar otra mano de pintura para acallarlas del todo. Las que más se resistieron fueron buscar y acción.

Ahora la miro a la pared y ya no dice nada. Se ha callado por fin. Aunque no del todo. Ahora hay en ella un poema mudo. Pero sobretodo hay en ella lo que no está escrito. Eso -quién, qué- por lo que hay que ir al encuentro.

k.

Secandome las plumas

Sigo viva. Es sólo eso: me estoy deshaciendo del agua que sobra, de la que pesa. Lo único que tengo claro es sobre qué escribiré aquí próximamente (aunque siempre puedo cambiar de opinión).

De momento adelanto esto, el primer párrafo de una novela que… De una novela:

“Comienza a escribir una historia que no la deja: querría olvidarla, querría fijarla.  Quiere fijar la historia para vengarse, quiere vengar la historia para conjurarla tal como fue, para evocarla tal como la añora”.

S.M.

Buenas noches,

k.

Todo lo sólido se desvanece en el agua

De niña soñaba con conocer Venecia. Me excitaba la idea de una ciudad flotante. De una ciudad en la que al abrir la puerta no tuvieras un suelo que pisar.

Soy piscis, el agua es mi elemento. El agua es el elemento al que más amo y temo, en el que sé que moriré. Una “muerte por agua”, que diría la Pizarnik.

Así que la idea de Venecia -esa de mi infancia- me ha obsesionado durante mucho tiempo. Muchas veces he soñado -y seguramente quién no- que al despertar mi cama flota sobre el agua y caigo. Y en ese caerme y despertar dentro del sueño, hay tanta o más realidad que en esto que llamamos vida. Algo de esto sabían los surrealistas.

Hace pocos días, por fín pisé Venecia. Intenté descubrirla, encontrar su belleza. Pero al volver a esta ciudad tan lejana al agua en la que vivo, Venecia me encontró. El agua, la fuerza horrososamente viva del agua, arrasó no más llegar, toda ilusión de solidez. Podré decir, si sobrevivo (y esta noche -creedme- soy inmortal mientras fluyo), que he conocido Venecia. Y que es un empeño estúpido pretender vivir en otra parte.

k.

Sin palabras, hoy. Sin herramientas.

Hay días y días.  Me había propuesto no escribir en este blog bajo estados de ánimo excesivamente alterados (¿y eso qué es?). Pero hay días y días.

Hoy, por ejemplo, estoy triste hasta la médula. Húmeda. Reblandecida. Y hoy, en este segundo, acabo de decidir que para qué están las reglas si no es para saltarselas (las autoimpuestas también, esas sobretodo). El problema con las tristezas húmedas es que te ahogan, te dejan sin respiración casi, sin palabras.

Así que me perdonaréis (o lo agradeceréis, tal vez), pero voy a echar mano de las palabras de otra. Se trata de un poema al que vuelvo cada cierto tiempo. Y al que por otro cierto tiempo no quiero ni recordar. Sin más, aquí va:
Wanting to die

Since you ask, most days I cannot remember.
I walk in my clothing, unmarked by that voyage.
Then the most unnameable lust returns.
Even then I have nothing against life.

I know well the grass blades you mention
the furniture you have placed under the sun.
But suicides have a special language.
Like carpenters they want to know which tools.
They never ask why build.

Twice I have so simply declared myself
have possessed the enemy, eaten the enemy,
have taken on his craft, his magic.

In this way, heavy and thoughtful,
warmer than oil or water,
I have rested, drooling at the mouth-hole.

I did not think of my body at needle point.
Even the cornea and the leftover urine were gone.
Suicides have already betrayed the body.

Still-born, they don't always die,
but dazzled, they can't forget a drug so sweet
that even children would look on and smile.

To thrust all that life under your tongue! 
that, all by itself, becomes a passion.
Death's a sad bone; bruised, you'd say,

and yet she waits for me, year and year,
to so delicately undo an old would,
to empty my breath from its bad prison.

Balanced there, suicides sometimes meet,
raging at the fruit, a pumped-up moon,
leaving the bread they mistook for a kiss,

leaving the page of a book carelessly open,
something unsaid, the phone off the hook
and the love, whatever it was, an infection.

Anne Sexton

k.

Me acuerdo de Nací

Hace poco me paseaba por una librería sin intención de comprar nada, cuando un librito azul me llamó la atención. (Soy así de básica: me acerco a algunos libros por su tamaño y su color. Después los olisqueo, pero eso no viene a cuento). Resultó ser Nací. Textos de la memoria y el olvido, de Georges Perec (Abada Editores, 2006).

Nací el 7.3.36. ¿Cuántas decenas o centenares de veces he escrito esta frase? No lo sé” (p. 7). Esa primera frase, me decidió a salir de la librería de la mano de Perec. Ya en la calle, seguí leyendo:

Nací el 7 de marzo de 1936. Punto final. Es lo que hago desde hace meses. ¡De hecho, es lo que sigo haciendo hoy, 34 años y medio después” (p.8). Yo también nací un 7 de marzo, aunque 39 años después que Perec, y como él, es lo que sigo haciendo 33 años y medio después: nacer, decir que he nacido, intentar escribir/me. Continuo leyendo: “La cuestión no es ‘¿por qué seguir?’, ni ‘¿por qué no consigo seguir?’ (…), sino ‘¿cómo seguir?’” (p.9).

Pero se las apaña muy bien para seguir. El libro ha resultado ser una caja de sorpresas donde se mezclan textos muy diversos (una carta a Maurice Nadeau contándole sus proyectos de escritura -llevados a cabo y no-, una entrevista, artículos, una lista de cosas que hacer antes de morir y en fin… textos que yo no sabría cómo clasificar) que terminan por componer un buen retrato de ese que afirma haber nacido. Un retrato fragmentado, sí, atravesado por el silencio, un retrato que puede ser verdadero o falso, pero que es tan sincero, como pocos relatos autobiográficos consiguen serlo (pienso en Bernhard, por ejemplo).

Es curiosa la obsesión de Perec con la memoria y el olvido. Durante épocas de su vida se dedicó a llevar -nos dice- un registro minucioso de “recuerdos y aconteceres de lugares en los que he vivido, enumeración de las habitaciones en las que había dormido, historia de los objetos que hay o ha habido en mi mesa de trabajo, historia de mis gatos y de su descendencia, etc…” (p. 78). En esa línea, uno de sus textos más conocidos es Je me souviens (inspirado en el I remember de Joe Brainiard), donde a través de muy breves entradas de recuerdos consigue re/construir no sólo un paisaje personal, sino el de la Francia de una época.

Me gustan las listas, ya lo habréis notado. Y tiendo a hablar de mí. Me obsesiona también la memoria, tal vez porque lo olvido todo. Quería cerrar esta entrada con mi propia lista de meacuerdos, pero he preferido dosificarlos, irlos soltando por aquí cuando me acuerde. Esta noche soy más bien carne de olvido.

k.

The Pillow Book

Hace unos mil años, más o menos, Sei Shonagon, cortesana japonesa (a Lady-in-Waiting), escribió The Pillow Book, libro en el que se inspira la película de Peter Greenaway. En él recogía listas de cosas, recuerdos, notas de diario.

Greenaway embellece aún más el texto de Shonagon, yuxtaponiendo imagenes de la materialidad de la escritura, su erotismo, su poder. Escribir o ser piel/papel. El juego terrible de nombrar y/o ser nombrada.

Recuerdo que hace no mucho escribí un poema sobre la espalda de la mujer que dormía a mi lado. Ella siguió soñando, sin más. Al día siguiente se duchó y el poema se fue como vino, como sucede todo: sin más.

Me temo que hay palabras que esa mujer no me dejará escribir sobre su cuerpo. Tal vez -casi- lo agradezco. Hay mucho papel aún. Quedan muchos soportes, aún, por explorar.

Por hoy, de las listas que propone Shonagon escojo esta y me la apropio:

Cosas que (me) hacen latir más rápido el corazón

el olor del café por la mañana

el presentimiento del mar

una llamada de número desconocido

el instante previo a un beso

la policía

el impulso de una ola

encontrar un juguete abandonado

la sangre

que me saquen fotos

su espalda

jugar al escondite

fumar un cigarrillo al sol

que me abandonen los juguetes

sus manos

la resaca de una ola

esperar una llamada

el wasabi

la sangre

ella

k.

山葵: declaración de intenciones

pretendía explicarme. justificarme, disculparme de antemano.

ya sólo pretendo llegar. estremecer/me. largarme sin más.

durar poco.

durar -exactamente- lo que el efecto del wasabi.

k.